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martes, febrero 27, 2024
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Abrí tu mente: Pepo Bianciotto acerca de la compra del casino y la puesta del centro cultural

Pepo Bianciotto es publicista, periodista, productor y diseñador, pero por sobre todo eso, es uno de los tipos más inteligentes con los que he tenido el placer de trabajar. Hoy publicó una nota, que había escrito en 2017 que “quizás sirva para entender por qué es urgente saldar la histórica deuda que tiene la Provincia con su escena cultural, y por qué el casino surge como una opción real, y muy importante”, según él mismo explicó.

“Esto no es oportunismo, es sentido de la oportunidad. Hay que aprovecharlo. Vale la pena”.

Más teatro(s), por favor.

El Dramaturgo y director teatral argentino Mauricio Kartun dice que Carlos Marx había afirmado que el arte no sólo crea un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto; es decir que la obra de arte también está buscando su propio público, ese público que a lo mejor no sabe, hasta que no lo encuentra, que eso le gusta.

En Tierra del Fuego hay poco teatro, eso no es una novedad. Lo curioso es que esta tendencia no viene acompañada de poca concurrencia; de hecho cuando en la cartelera aparecen espectáculos, el público dice presente y paga la entrada. Entonces, mirando el paisaje cultural disponible en la isla, concretamente en Ushuaia, uno se pregunta ¿Por qué la oferta teatral es tan escasa?

Lo cierto es que montar un espectáculo, ya sea uno teatral, musical, circense, de danzas, music hall o cualquier cosa parecida es un proceso complejo que involucra múltiples gestiones, que van desde una audición en busca de talentos (actores, músicos, performers) hasta la campaña de promoción del evento, para asegurarse que la comunidad está enterada del acontecimiento y asista a las funciones.

‘Venue’ es el término que se usa en la jerga del mundo del espectáculo para designar al sitio donde se realiza un evento. En el showbiz latinoamericano es frecuente también escuchar nombrar a lo anterior ‘plaza’. Solo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aries existen cerca de 250 teatros y salas independientes: 249 plazas o venues, para ser precisos. Como podrá apreciar el lector, en términos de espacios disponibles, los bienes están puntualmente mal distribuidos.

Cualquiera podría argumentar que es por lo menos osado comparar la actividad cultural de la capital del país –que por cierto está entre las ciudades del mundo con mayor oferta de espectáculos y la mejor equipada en teatros de América Latina- y sus casi 3 millones de personas (y otros 13 millones del extrarradio, vulgarmente conocido como conurbano, dispuestas a trasladarse para ver un evento artístico), con la realidad de Ushuaia. Pero lo cierto es que nuestra ciudad, con un alto nivel de escolarización, tiempo para el ocio, considerable poder adquisitivo y rica historia local, podría ser un territorio mucho más fecundo para las diversas expresiones escénicas.

Hoy, en Ushuaia existen solo dos teatros, uno público y uno privado. La sala Niní Marshall, de la Casa de la Cultura de Ushuaia “Doña Enriqueta Gastelumendi” (la India Varela, para los amigos), que fue inaugurada en 1995 y cuenta con 260 butacas, un escenario de 10 x 7 metros, una retroescena igual de grande, camarines, un balcón especialmente ideado para la atención de periodistas y jurados y un sistema de iluminación y sonido bueno pero desactualizado. Un chiche.

Personalmente, solo tengo palabras de cariño para hablar de este compacto pero hermoso teatro, ya que en sus tablas hice mis primeras armas en las artes escénicas y gracias a ese espacio pude conocer a muchos de los artistas de nuestra escena local que aún siguen en actividad y con quienes compartí momentos que definieron varios aspectos de mi vida adulta. La sala Niní Marshall fue durante más de una década el semillero de los talleres culturales de la municipalidad, y el primer escenario “profesional” de decenas de artistas, muchos de los cuales ya no viven en Ushuaia y circulan por el país y el mundo, lo cual es un rasgo característico de nuestra isla: la gente viene y se va.

Ya en los gloriosos 90’s de la escena cultural Ushuaiense, con sus múltiples grupos teatrales y musicales, su fallida Asociación Actuar y su recambio generacional encarnado en los niños de los talleres artísticos de la municipalidad, la Casa de la Cultura de Ushuaia y su sala Niní Marshall quedaron chicas. Las internas y las intrigas palaciegas convirtieron a esa única plaza escénica en una triste tarima para actos políticos, y en más de una temporada fue imposible conseguir una fecha para montar un espectáculo. Es entendible que la sala oficial brinde el servicio de locación para eventos y acontecimientos públicos; lo que no se entiende es que estos últimos ganen la agenda y destierren a las expresiones artísticas genuinas de un pueblo que tiene, literalmente, un solo lugar para ponerlas en escena.

En la actualidad, afortunadamente esa tendencia parece revertirse, y la sala Niní Marshall poco a poco vuelve a recibir a los artistas y su agenda se va limpiando poco a poco de eventos políticos.

El otro teatro de Ushuaia es el Teatro del Hain, fundado por la Asociación homónima, que fue inaugurado el 3 de noviembre del 2005. El espacio fue concebido con fondos de la institución y fondos del Instituto Nacional del Teatro y actualmente su director y maestro de ceremonias es el dramaturgo, actor y director Eduardo Bonafede. Según la descripción del sitio web Alternativa Teatral, el espacio – un viejo galpón reciclado – tiene una superficie total de 200 metros cuadrados (150 en planta baja y 50 en la planta alta). En planta baja se encuentra el hall de ingreso, la sala propiamente dicha (100 metros cuadrados aproximadamente), los sanitarios y la cocina. En la planta alta está el sector técnico (iluminación y sonido), los camarines y el depósito. La sala tiene capacidad para 85 espectadores, utilizándose como espacio no convencional.

A mi entender el Hain, con su impronta moderna y despojada, es una joyita, y nada tiene que envidiarle a cualquier sala del under porteño. Naturalmente, el Hain se reserva para si mismo el uso del espacio, y su actividad teatral es intensa, pudiendo montar más de un espectáculo por temporada, cosa que –hablando de Ushuaia- es bastante.

Ecualizar los humores de un grupo humano variopinto –como suelen ser los equipos de artistas-, administrarlo, planificar, ensayar y promocionar espectáculos en una sala sin apoyo estatal no es un juego de niños, y no es casual que las iniciativas privadas o independientes naufraguen antes de nacer.

Las Artes escénicas son un lugar donde la sociedad se mira así misma.

Modelar un espectador consciente -consiente de su entorno, de su historia, de las estéticas de su tiempo y del lenguaje- es también educar al pueblo. De hecho, es una educación emocional y estética que opera en varios niveles y por si fuera poco construye un imaginario vital y colectivo que es imprescindible para entendernos como sociedad.
Además está el entretenimiento y la posibilidad de salir de casa. De encontrarse con otros. De comparar experiencias al finalizar un espectáculo. Además está la crítica. Y también existe el negocio. ¿Por qué en Ushuaia montar un espectáculo no puede ser un negocio?

Yo recuerdo con ilusión y nostalgia algunos buenos espectáculos que pude ver en Ushuaia. Incluso recuerdo haber presenciado experiencias escénicas de muy baja calidad, berretas, y de todas formas disfrutar la salida.

Es que para construir una escena local necesitamos espectáculos buenos y malos, grandes y chicos. Necesitamos elencos multitudinarios y monólogos unipersonales. Necesitamos títeres, teatreros, músicos, acróbatas, cineastas, actrices y actores, artistas circenses y bailarines. Necesitamos tango, jazz, rock, y música electrónica; comedias, dramas, burlesque, sátira y varieté.

Ushuaia necesita danzas, coros, comedia musical, teatro clásico, opera y stand up. Como sociedad, aún no estamos ni en la génesis de nuestras expresiones escénicas.

Necesitamos performers que diseñen piezas que entretengan y convoquen al público que podemos tener.
Y todo lo demás, también. Pero fundamentalmente necesitamos más plazas.

Sin espacios adecuados –públicos y privados- todo esto se cristaliza solo en la expresión de deseo. La consecuencia de la falta de plazas culturales es mucho más peligrosa que una cartelera desierta. En la práctica, lo que ocurre es que los agentes culturales (autores, compositores, performers y productores) pierden el entusiasmo y dejan de generar proyectos. Y eventualmente se alejan de la actividad o se van de la isla. Y ni hablar de la perdida de la identidad. Es que sin lugares de encuentro, no es posible crecer.

Por eso, necesitamos más teatros, por favor.

Pepo Bianciotto.

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